—Imagínate esto. Un chico adolescente que quiere ganarse un dinerillo para poder continuar con una afición secreta: la bebida. —Se gira hacia un lado para que quedemos el uno frente al otro y me mira a los ojos—. Estaba en el patio de los Lincoln, limpiando los escombros y la basura tras la ampliación que el señor Lincoln acababa de hacerle a su casa…
Oh, madre mía… Me lo va a contar.
—Era un día caluroso de verano y yo estaba haciendo un trabajo duro. —Ríe entre dientes y niega con la cabeza, de repente divertido—. Era un trabajo agotador el de apartar todos esos escombros. Estaba solo y apareció Ele…, la señora Lincoln de la nada y me trajo un poco de limonada. Empezamos a charlar, hice un comentario atrevido… y ella me dio un bofetón. Un bofetón muy fuerte.
Inconscientemente se lleva la mano a la cara y se frota la mejilla. Los ojos se le oscurecen al recordar.
¡Maldita sea!
—Pero después me besó. Y cuando acabó de besarme, me dio otra bofetada. —Parpadea y sigue pareciendo confuso incluso después de pasado tanto tiempo—. Nunca antes me habían besado ni pegado así.
Oh. Se lanzó sobre él. Sobre un niño…
—¿Quieres oír esto? —me pregunta Christian.
Sí… No…
—Solo si tú quieres contármelo. —Mi voz suena muy baja cuando le miento sin dejar de mirarle. Mi mente es un torbellino.
—Estoy intentando que tengas un poco de contexto.
Asiento de una forma alentadora, espero. Pero sospecho que parezco una estatua, petrificada y con los ojos muy abiertos por la impresión.
Él frunce el ceño y busca mis ojos con los suyos, intentando evaluar mi reacción. Después se tumba boca arriba y mira al techo.
—Bueno, naturalmente yo estaba confuso, enfadado y cachondo como un perro. Quiero decir, una mujer mayor y atractiva se lanza sobre ti así… —Niega con la cabeza como si no pudiera creérselo todavía.
¿Cachondo? Me siento un poco mareada.
—Ella volvió a la casa y me dejó en el patio. Actuó como si nada hubiera pasado. Yo estaba absolutamente desconcertado. Así que volví al trabajo, a cargar escombros hasta el contenedor. Cuando me fui esa tarde, ella me pidió que volviera al día siguiente. No dijo nada de lo que había pasado. Así que regresé al día siguiente. No podía esperar para volver a verla —susurra como si fuera una confesión oscura… tal vez porque lo es—. No me tocó cuando me besó —murmura y gira la cabeza para mirarme—. Tienes que entenderlo… Mi vida era el infierno en la tierra. Iba por ahí con quince años, alto para mi edad, empalmado constantemente y lleno de hormonas. Las chicas del instituto…
No sigue, pero me hago a la idea: un adolescente asustado, solitario y atractivo. Se me encoge el corazón.
—Estaba enfadado, muy enfadado con todo el mundo, conmigo, con los míos. No tenía amigos. El terapeuta que me trataba entonces era un gilipollas integral. Mi familia me tenía atado en corto, no lo entendían.
Vuelve a mirar al techo y se pasa una mano por el pelo. Yo estoy deseando pasarle también la mano por el pelo, pero permanezco quieta.
—No podía soportar que nadie me tocara. No podía. No soportaba que nadie estuviera cerca de mí. Solía meterme en peleas… joder que sí. Me metí en riñas bastante duras. Me echaron de un par de colegios. Pero era una forma de desahogarme un poco. La única forma de tolerar algo de contacto físico. —Se detiene de nuevo—. Bueno, te puedes hacer una idea. Y cuando ella me besó, solo me cogió la cara. No me tocó. — Casi no le oigo la voz.
Ella debía saberlo. Tal vez Grace se lo dijo. Oh, mi pobre Cincuenta. Tengo que meter las manos bajo la almohada y apoyar la cabeza en ella para resistir la necesidad de abrazarle.
—Bueno, al día siguiente volví a la casa sin saber qué esperar. Y te voy a ahorrar los detalles escabrosos, pero fue más de lo mismo. Así empezó la relación.
Oh, joder, qué doloroso es escuchar esto… Él vuelve a ponerse de costado para quedar frente a mí.
—¿Y sabes qué, Ana? Mi mundo recuperó la perspectiva. Aguda y clara. Todo. Eso era exactamente lo que necesitaba. Ella fue como un soplo de aire fresco. Tomaba todas las decisiones, apartando de mí toda esa mierda y dejándome respirar.
Madre mía.
—E incluso cuando se acabó, mi mundo siguió centrado gracias a ella. Y siguió así hasta que te conocí.
¿Y qué demonios se supone que puedo decir ahora? Él me coloca un mechón suelto detrás de la oreja.
—Tú pusiste mi mundo patas arriba. —Cierra los ojos y cuando vuelve a abrirlos están llenos de dolor—. Mi mundo era ordenado, calmado y controlado, y de repente tú llegaste a mi vida con tus comentarios inteligentes, tu inocencia, tu belleza y tu tranquila temeridad y todo lo que había antes de ti empezó a parecer aburrido, vacío, mediocre… Ya no era nada.
Oh, Dios mío.
—Y me enamoré —susurra.
Dejo de respirar. Él me acaricia la mejilla.
—Y yo —murmuro con el poco aliento que me queda.
Sus ojos se suavizan.
—Lo sé —dice.
—¿Ah, sí?
—Sí.
¡Aleluya! Le sonrío tímidamente.
—¡Por fin! —susurro.
Él asiente.
—Y eso ha vuelto a situarlo todo en la perspectiva correcta. Cuando era más joven, Elena era el centro de
mi mundo. No había nada que no hiciera por ella. Y ella hizo muchas cosas por mí. Hizo que dejara la bebida. Me obligó a esforzarme en el colegio… Ya sabes, me dio un mecanismo para sobrellevar las cosas que antes no tenía, me dejó experimentar cosas que nunca había pensado que podría.
—El contacto —susurro.
Asiente.
—En cierta forma.
Frunzo el ceño, preguntándome qué querrá decir. Él duda ante mi reacción.
¡Dímelo!, le animo mentalmente.
—Si creces con una imagen de ti mismo totalmente negativa, pensando que no eres más que un marginado, un salvaje que nadie puede querer, crees que mereces que te peguen.
Christian… pero tú no eres ninguna de esas cosas.
Hace una pausa y se pasa la mano por el pelo.
—Ana, es más fácil sacar el dolor que llevarlo dentro…
Otra confesión.
Oh.
—Ella canalizó mi furia. —Sus labios forman una línea lúgubre—. Sobre todo hacia dentro… ahora lo veo. El doctor Flynn lleva insistiendo con esto bastante tiempo. Pero solo hace muy poco que conseguí ver esa relación como lo que realmente fue. Ya sabes… en mi cumpleaños.
Me estremezco ante el inoportuno recuerdo que me viene a la mente de Elena y Christian descuartizándose verbalmente en la fiesta de cumpleaños de Christian.
—Para ella esa parte de nuestra relación iba de sexo y control y de una mujer solitaria que encontraba consuelo en el chico que utilizaba como juguete.
—Pero a ti te gusta el control —susurro.
—Sí, me gusta. Siempre me va a gustar, Ana. Soy así. Lo dejé en manos de otra persona por un tiempo. Dejé que alguien tomara todas mis decisiones por mí. No podía hacerlo yo porque no estaba bien. Pero a través de mi sumisión a ella me encontré a mí mismo y encontré la fuerza para hacerme cargo de mi vida… Para tomar el control y tomar mis propias decisiones.
—¿Convertirte en un dominante?
—Sí.
—¿Eso fue decisión tuya?
—Sí.
—¿Dejar Harvard?
—Eso también fue cosa mía, y es la mejor decisión que he tomado. Hasta que te conocí.
—¿A mí?
—Sí. —Curva los labios para formar una sonrisa—. La mejor decisión que he tomado en mi vida ha sido casarme contigo.
Oh, Dios mío.
—¿No ha sido fundar tu empresa?
Niega con la cabeza.
—¿Ni aprender a volar?
Vuelve a negar.
—Tú —dice y me acaricia la mejilla con los nudillos—. Y ella lo supo —susurra.
Frunzo el ceño.
—¿Ella supo qué?
—Que estaba perdidamente enamorado de ti. Me animó a ir a Georgia a verte, y me alegro de que lo hiciera. Creyó que se te cruzarían los cables y te irías. Que fue lo que hiciste.
Me pongo pálida. Prefiero no pensar en eso.
—Ella pensó que yo necesitaba todas las cosas que me proporcionaba el estilo de vida del que disfrutaba.
—¿El de dominante? —susurro.
Asiente.
—Eso me permitía mantener a todo el mundo a distancia, tener el control, mantenerme alejado… o eso creía. Seguro que has descubierto ya el porqué —añade en voz baja.
—¿Por tu madre biológica?
—No quería que volvieran a herirme. Y entonces me dejaste. —Sus palabras son apenas audibles—. Y yo me quedé hecho polvo.
Oh, no.
—Había evitado la intimidad tanto tiempo… No sabía cómo hacer esto.
—Por ahora lo estás haciendo bien —murmuro. Sigo el contorno de sus labios con el dedo índice. Él los frunce y me da un beso. Estás hablando conmigo, pienso—. ¿Lo echas de menos? —susurro.
—¿El qué?
—Ese estilo de vida.
—Sí.
¡Oh!
—Pero solo porque echo de menos el control que me proporcionaba. Y la verdad es que gracias a tu estúpida hazaña —se detiene—, que salvó a mi hermana —continúa en un susurro lleno de alivio, asombro e incredulidad—, ahora lo sé.
—¿Qué sabes?
—Sé que de verdad me quieres.
Frunzo el ceño.
—¿Ah, sí?
—Sí, porque he visto que lo arriesgaste todo por mí y por mi familia.
Mi ceño se hace más profundo. Él extiende la mano y sigue con el dedo la línea del medio de mi frente, sobre la nariz.
—Te sale una V aquí cuando frunces el ceño —murmura—. Es un sitio muy suave para darte un beso. Puedo comportarme fatal… pero tú sigues aquí.
—¿Y por qué te sorprende tanto que siga aquí? Ya te he dicho que no te voy a dejar.
—Por la forma en que me comporté cuando me dijiste que estabas embarazada. —Me roza la mejilla con el dedo—. Tenías razón. Soy un adolescente.
Oh, mierda… sí que dije eso. Mi subconsciente me mira fijamente: ¡Su médico lo dijo!
—Christian, he dicho algunas cosas horribles. —Me pone el dedo índice sobre los labios.
—Chis. Merecía oírlas. Además, este es mi cuento para dormir. —Vuelve a ponerse boca arriba. —Cuando me dijiste que estabas embarazada… —Hace una pausa—. Yo pensaba que íbamos a ser solo tú y yo durante un tiempo. Había pensado en tener hijos, pero solo en abstracto. Tenía la vaga idea de que tendríamos un hijo en algún momento del futuro.
¿Solo uno? No… No, un hijo único no. No como yo. Pero tal vez este no sea el mejor momento para sacar ese tema.
—Todavía eres tan joven… Y sé que eres bastante ambiciosa.
¿Ambiciosa? ¿Yo?
—Bueno, fue como si se me hubiera abierto el suelo bajo los pies. Dios, fue totalmente inesperado.
Cuando te pregunté qué te ocurría ni se me pasó por la cabeza que podías estar embarazada. —Suspira—. Estaba tan furioso… Furioso contigo. Conmigo. Con todo el mundo. Y volví a sentir que no tenía control sobre nada. Tenía que salir. Fui a ver a Flynn, pero estaba en una reunión con padres en un colegio.
Christian se detiene y levanta una ceja.
—Irónico —susurro, y Christian sonríe, de acuerdo conmigo.
—Así que me puse a andar y andar, y simplemente… me encontré en la puerta del salón. Elena ya se iba. Se sorprendió de verme. Y, para ser sincero, yo también estaba sorprendido de encontrarme allí. Ella vio que estaba furioso y me preguntó si quería tomar una copa.
Oh, mierda. Hemos llegado al quid de la cuestión. El corazón empieza a latirme el doble de rápido. ¿De verdad quiero saberlo? Mi subconsciente me mira con una ceja depilada arqueada en forma de advertencia.
—Fuimos a un bar tranquilo que conozco y pedimos una botella de vino. Ella se disculpó por cómo se había comportado la última vez que nos vimos. Le duele que mi madre no quiera saber nada más de ella (eso ha reducido mucho su círculo social), pero lo entiende. Hablamos del negocio, que va bien a pesar de la crisis… Y mencioné que tú querías tener hijos.
Frunzo el ceño.
—Pensaba que le habías dicho que estaba embarazada.
Me mira con total sinceridad.
—No, no se lo conté.
—¿Y por qué no me lo dijiste?
Se encoge de hombros.
—No tuve oportunidad.
—Sí que la tuviste.
—No te encontré a la mañana siguiente, Ana. Y cuando apareciste, estabas tan furiosa conmigo…
Oh, sí…
—Cierto.
—De todas formas, en un momento de la noche, cuando ya íbamos por la mitad de la segunda botella, ella se acercó y me tocó. Y yo me quedé helado —susurra, tapándose los ojos con el brazo.
Se me eriza el vello. ¿Y eso?
—Ella vio que me apartaba. Fue un shock para ambos. —Su voz es baja, demasiado baja.
¡Christian, mírame! Tiro de su brazo y él lo baja, girando la cabeza para enfrentar mi mirada. Mierda. Está pálido y tiene los ojos como platos.
—¿Qué? —pregunto sin aliento.
Frunce el ceño y traga saliva.
Oh, ¿qué es lo que no me está contando? ¿Quiero saberlo?
—Me propuso tener sexo. —Está horrorizado, lo veo.
Todo el aire abandona mi cuerpo. Estoy sin aliento y creo que se me ha parado el corazón. ¡Esa endemoniada bruja!
—Fue un momento que se quedó como suspendido en el tiempo. Ella vio mi expresión y se dio cuenta de que se había pasado de la raya, mucho. Le dije que no. No había pensado en ella así en todos estos años, y además —traga saliva—, te quiero. Y se lo dije, le dije que quiero a mi mujer.
Le miro fijamente. No sé qué decir.
—Se apartó de inmediato. Volvió a disculparse e intentó que pareciera una broma. Dijo que estaba feliz con Isaac y con el negocio y que no estaba resentida con nosotros. Continuó diciendo que echaba de menos mi amistad, pero que era consciente de que mi vida estaba contigo ahora, y que eso le parecía raro, dado lo que pasó la última vez que estuvimos todos juntos en la misma habitación. Yo no podía estar más de acuerdo con ella. Nos despedimos… por última vez. Le dije que no volvería a verla y ella se fue por su lado.
Trago saliva y noto que el miedo me atenaza el corazón.
—¿Os besasteis?
—¡No! —Ríe entre dientes—. ¡No podía soportar estar tan cerca de ella!
Oh, bien.
—Estaba triste. Quería venir a casa contigo. Pero sabía que no me había portado bien. Me quedé y acabé la botella y después continué con el bourbon. Mientras bebía me acordé de algo que me dijiste hace tiempo: «Si se hubiera tratado de tu hijo…». Y empecé a pensar en Junior y en la forma en que empezamos Elena y yo. Y eso me hizo sentir… incómodo. Nunca antes lo había pensado así.
Un recuerdo florece en mi mente: una conversación susurrada de cuando estaba solo medio consciente. Es la voz de Christian: «Pero verla consiguió que volviera a ponerlo todo en contexto y recuperara la perspectiva. Acerca de lo del bebé, ya sabes. Por primera vez sentí que… lo que hicimos… estuvo mal».
Hablaba con Grace.
—¿Y eso es todo?
—Sí.
—Oh.
—¿Oh?
—¿Se acabó?
—Sí. Se acabó desde el mismo momento en que posé los ojos en ti por primera vez. Pero esa noche me di
cuenta por fin y ella también.
—Lo siento —murmuro.
Él frunce el ceño.
—¿Por qué?
—Por estar tan enfadada al día siguiente.
Él ríe entre dientes.
—Nena, entiendo tu enfado. —Hace una pausa y suspira—. Ana, es que te quiero para mí solo. No quiero compartirte. Nunca antes había tenido lo que tenemos ahora. Quiero ser el centro de tu universo, por un tiempo al menos.
Oh, Christian…
—Lo eres. Y eso no va a cambiar.
Él me dedica una sonrisa indulgente, triste y resignada.
—Ana —me susurra—, eso no puede ser verdad.
Los ojos se me llenan de lágrimas.
—¿Cómo puedes pensarlo? —murmuro.
Oh, no.
—Mierda… No llores, Ana. Por favor, no llores. —Me acaricia la cara.
—Lo siento. —Me tiembla el labio inferior. Él me lo acaricia con el pulgar y eso me calma.
—Bip te querrá también. Serás el centro del mundo de Bip… de Junior —susurro—. Los niños quieren a sus padres incondicionalmente, Christian. Vienen así al mundo. Programados para querer. Todos los bebés… incluso tú. Piensa en ese libro infantil que te gustaba cuando eras pequeño. Todavía necesitabas a tu madre. La querías.
Arruga la frente y aparta la mano para colocarla convertida en un puño contra su barbilla.
—No —susurra.
—Sí, así es. —Las lágrimas empiezan a caerme libremente—. Claro que sí. No era una opción. Por eso estás tan herido.
Me mira fijamente con la expresión hosca.
—Por eso eres capaz de quererme a mí —murmuro—. Perdónala. Ella tenía su propio mundo de dolor con el que lidiar. Era una mala madre, pero tú la querías.
Sigue mirándome sin decir nada, con los ojos llenos de recuerdos que yo solo empiezo a intuir.
Oh, por favor, no dejes de hablar.
Por fin dice:
—Solía cepillarle el pelo. Era guapa.
—Solo con mirarte a ti nadie lo dudaría.
—Pero era una mala madre —Su voz es apenas audible.
Asiento y él cierra los ojos.
—Me asusta que yo vaya a ser un mal padre.
Le acaricio esa cara que tanto quiero. Oh, mi Cincuenta, mi Cincuenta, mi Cincuenta…
—Christian, ¿cómo puedes pensar ni por un momento que yo te dejaría ser un mal padre?
Abre los ojos y se me queda mirando durante lo que me parece una eternidad. Sonríe y el alivio empieza a iluminar su cara.
—No, no creo que me lo permitieras. —Me acaricia la cara con el dorso de los nudillos, mirándome asombrado—. Dios, qué fuerte es usted, señora Grey. Te quiero tanto… —Me da un beso en la frente—. No sabía que podría quererte así.
—Oh, Christian —susurro intentando contener la emoción.
—Bueno, ese es el final del cuento.
—Menudo cuento…
Sonríe nostálgico, pero creo que está aliviado.
—¿Qué tal tu cabeza?
—¿Mi cabeza?
La verdad es que la tengo a punto de explotar por todo lo que acabas de contarme…
—¿Te duele?
—No.
—Bien. Creo que deberías dormir.
¡Dormir! ¿Cómo voy a poder dormir después de todo esto?
—A dormir —dice categórico—. Lo necesitas.
Hago un mohín.
—Tengo una pregunta.
—Oh, ¿qué? —Me mira con ojos cautelosos.
—¿Por qué de repente te has vuelto tan… comunicativo, por decirlo de alguna forma?
Frunce el ceño.
—Ahora de repente me cuentas todo esto, cuando hasta ahora sacarte información era algo angustioso y que ponía a prueba la paciencia de cualquiera.
—¿Ah, sí?
—Ya sabes que sí.
—¿Que por qué ahora estoy siendo comunicativo? No lo sé. Tal vez porque te he visto casi muerta sobre un suelo de cemento. O porque voy a ser padre. No lo sé. Has dicho que querías saberlo y no quiero que Elena se interponga entre nosotros. No puede. Ella es el pasado; ya te lo he dicho muchas veces.
—Si no hubiera intentado acostarse contigo… ¿seguiríais siendo amigos?
—Eso ya son dos preguntas…
—Perdona. No tienes por que decírmelo. —Me sonrojo—. Ya me has contado hoy más de lo que podía esperar.
Su mirada se suaviza.
—No, no lo creo. Me parecía que tenía algo pendiente con ella desde mi cumpleaños, pero ahora se ha pasado de la raya y para mí se acabó. Por favor, créeme. No voy a volver a verla. Has dicho que ella es un límite infranqueable para ti y ese es un término que entiendo —me dice con tranquila sinceridad.
Vale. Voy a cerrar este tema ya. Mi subconsciente se deja caer en su sillón: «¡Por fin!».
—Buenas noches, Christian. Gracias por ese cuento tan revelador. —Me acerco para darle un beso y nuestros labios solo se rozan brevemente, porque él se aparta cuando intento hacer el beso más profundo.
—No —susurra—. Estoy loco por hacerte el amor.
—Hazlo entonces.
—No, necesitas descansar y es tarde. A dormir. —Apaga la lámpara de la mesilla y nos envuelve la oscuridad.
—Te quiero incondicionalmente, Christian —murmuro y me acurruco a su lado.
—Lo sé —susurra y noto su sonrisa tímida.
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