Esa noche subí con María a la azotea del edificio de la pensión. Manolo nos había explicado cómo acceder a ella, a través de oscuros pasillos y estrechas escaleras, para tender nuestra ropa mojada. Subimos allí para encontrarnos con la vida. Y, en un momento dado, después de que la vida entrara por nuestros cuerpos y nos hirviera la sangre, llegó un fuego fatuo, mágico y rabioso, que nos llevó lejos. Se hizo carne, se hizo deseo y se apoderó de nosotros. Y esa noche follamos en la azotea, envueltos por un fuego invisible que no quemaba, cubiertos por un cielo repleto de estrellas atónitas.
María entró por la puerta de la habitación, puso un viejo tocadiscos sobre la mesita del cuarto y salió. Volvió a entrar al cabo de unos minutos con un amplificador y unos bafles. Durante media hora enganchó entre sí cientos de cables peleados. Al fin, sacó un disco de su funda, lo puso sobre el gira platos, lo pinchó con la leve aguja, le dio a un botón y se sentó en la cama a mi lado. Y ya teníamos música.
``¿De dónde lo has sacado?´´, le pregunté. ``Soy bruja y puedo hacer aparecer cualquier objeto viejo e inútil´´. ``Bueno, por lo menos éste funciona´´. `` Es que es mi gran logro como bruja´´.
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