-Una carta a los Reyes Magos.
-Ya pasaron las navidades.
-Es para el año que viene.
-¿Y qué les pides?
-Que nos devuelvan la vida.
``Ninguna mujer debe olvidar nunca
que ella no necesita a nadie que no la necesite a ella.´´
-¿Cuánto dirías que vales del 1 al 10?
-Un 8.
-¿Y si alguien te dijera que vales un 7?
-Me daría igual, he dicho que valgo un 8, y es que valgo un 8.
Porque, ¿si yo no me quiero, quién lo hará? ¿Si yo no me valoro como debo, quién lo hará?
Realmente, nadie me conoce tan bien como yo misma, nadie sabe absolutamente todo sobre mí, y en parte eso me reconforta.
Soy libre, sí, soy un pájaro.
-¿Sabes? Yo creo que eres un 10.
-Gracias pero soy un ocho.
-Holly, estoy enamorado de ti.
-¿Y qué?
-¿Cómo que y qué? ¿Qué preguntas haces? Te quiero, y me perteneces.
-No. Las personas no pertenecen a nadie.
-Claro que sí.
-No dejaré que nadie me ponga en una jaula.
-No quiero ponerte en una jaula, quiero quererte.
-Es lo mismo.
Sé lo que es el amor. Notaba la cabeza caliente y los pies fríos, el estómago vacío y las tripas revueltas. Veía doble. La vigilia me hacía pensar y no vivir. Tenía la boca dormida y el corazón no estaba ahí. Y era una sensación tan dulce pero, al mismo tiempo, tan terriblemente amarga, que lo tuve que matar para que dejara de chillar, de doler. Sí, yo sé lo que es el amor.
El amor sigue sin estirarse, y yo quiero que se estire, y no me parece chulo lo que estoy haciendo ahora, más bien me parece mogollón de sucio, pero es que el amor no se estira, no podemos fiarnos del amor, el amor nos engaña y un día decidimos que no y al otro que sí, y al siguiente amamos y al otro no, y todo esto después de haberme metido un pico o dos, y no sé por qué lo digo porque el raciocinio de un hombre es igual después de una sesión de psicoanálisis que después de una sesión de pura vida. Sigo buceando en la enorme incógnita, ya sabes, la de si debería seguir moviendo el culo o serle fiel a María, mi pequeña María, mi querida María que nadie la quiere excepto yo. Y yo la quiero porque sé que es la mujer de mi vida, porque es mi Virgen María. Porque, aunque algún día descubramos, ella o yo, que nuestros caminos son diferentes, el Destino, ¿te acuerdas de él?, me dirá que estoy hecho para ella y no lo puedo evitar, y me cago en la puta por pasar estos momentos tan oscuros con Verónica, porque mi verdadero amor es María, y mira que me jode decirlo, sobre todo estando todo colocado, estando tan colocado y con las piernas de Verónica enredándose en las mías, y el amor unta y qué bonito es que el amor unte porque te hace las cosas mucho más difíciles, y lo siento en el alma por María porque la quiero, bueno, no es que la quiera, es que la adoro, y, entonces, ¿qué cojones hago follando con Verónica?, pues coño, lo que hago es ser yo mismo porque mi característica personal es no tener juicio, ni conciencia, ni sentido del deber. Y la vida es una mierda que se enreda en la suela de tus zapatos.
Esa noche subí con María a la azotea del edificio de la pensión. Manolo nos había explicado cómo acceder a ella, a través de oscuros pasillos y estrechas escaleras, para tender nuestra ropa mojada. Subimos allí para encontrarnos con la vida. Y, en un momento dado, después de que la vida entrara por nuestros cuerpos y nos hirviera la sangre, llegó un fuego fatuo, mágico y rabioso, que nos llevó lejos. Se hizo carne, se hizo deseo y se apoderó de nosotros. Y esa noche follamos en la azotea, envueltos por un fuego invisible que no quemaba, cubiertos por un cielo repleto de estrellas atónitas.
María entró por la puerta de la habitación, puso un viejo tocadiscos sobre la mesita del cuarto y salió. Volvió a entrar al cabo de unos minutos con un amplificador y unos bafles. Durante media hora enganchó entre sí cientos de cables peleados. Al fin, sacó un disco de su funda, lo puso sobre el gira platos, lo pinchó con la leve aguja, le dio a un botón y se sentó en la cama a mi lado. Y ya teníamos música.
``¿De dónde lo has sacado?´´, le pregunté. ``Soy bruja y puedo hacer aparecer cualquier objeto viejo e inútil´´. ``Bueno, por lo menos éste funciona´´. `` Es que es mi gran logro como bruja´´.
Ella vende vida. Más vida de la que puedo comprar. Ella vende brillos de noche y comida para gatos. Vende sonidos de ciudad. Más de los que soy capaz de escuchar. Y yo quiero hacer un contrato profano, sin firmas, y ella no me deja salir a comprarlo, quiere seguir siendo libre. Porque quiere vender más. Y no puedo competir con la necesidad, dependo de su libertad.
La ausencia es la delatora de los sentimientos. Es la llama que muestra el dibujo trazado con zumo de limón en mi corazón. A simple vista, la pluma mojada en el ácido líquido no dejó huella en mí. Sin embargo, la ausencia, la distancia, el desamor, desvelarán lo escrito en todo su esplendor, mediocridad o inexistencia.
Cuando la mano que manejó la pluma se encuentra lejos y no la siento sobre mí, llega el fantasma de su no presencia con el candil. Y, a fuerza de desgarrar mi alma, de quemarme por dentro, sé que quiero a alguien, o qué sé yo. Es otra relación de dependencia: necesito estar lejos de la que duerme conmigo para cerciorarme de que quiero seguir soñando a su lado. Si no aparece ese fantasma, está claro: nada me corroe, soy hielo que flota sobre el agua plácidamente.
No es fácil notar la textura del cariño en mi piel cuando estoy cubierto por la miel de sus caricias. Lo físico y lo espiritual se confunde en una bañera de agua tibia. Es sencillo sentir calor, e identificarlo con algo más profundo, cuando su roce quema mis pestañas, cuando entro en sus entrañas.
Sin embargo en el momento en que su calidez corporal desaparece, se aleja de mí, sólo sabré que la llama existe si aparece el fantasma con el candil, con el fuego de la ausencia doliente, de la desazón y de la noche y del día.
Luego cuando él vuelva, el fantasma se irá de nuevo, y ya no veré el dibujo tatuado con zumo de limón en mi corazón hasta su próxima ausencia, o hasta que la llama, de tanto acercarse, queme ese amor y no la necesite nunca más.
Ojalá la ventana diera a la calle. Ojalá fuera una terraza repleta de tiestos con geranios y claveles y cactus y enredaderas. Saldría cada día con un pañuelo a despedir a María y a rogarle una vez más que no se fuera. El Sol me sonreiría y las palomas, en vez de mecerse en finas hamacas de trapos chorreantes, vendrían a comer las migas de pan que guardaría en el pañuelo. El mismo pañuelo que ahora guardo bajo la cama porque no tengo terraza, no tengo calle, no tengo Sol, no tengo a María, no tengo migas de pan, no tengo nada…
Eran las once de la noche y salí a tomar el fresco por la Gran Vía. En la esquina de Callao vi a María y a Verónica, vestidas como putas, completamente colocadas, y a un coche parado delante de ellas. Se metieron las dos en el coche y salieron a los veinte minutos. Yo me volví a la pensión con la cabeza ardiendo y mis tripas haciéndose nudos alrededor del corazón.
Subí a nuestra habitación. Con un mechero, calenté en una cuchara un poco de caballo disuelto en agua. Lo absorbí con una chuta que había comprado en la farmacia de guardia. Cogí un cordón de mis botas y lo até en mi brazo para sacarme las venas. Cuando una salió a relucir casi hasta explotar, me pinché con la fina aguja y saqué parte de mi sangre para mezclarla con el polvo redentor. Luego apreté el émbolo, y ya no dolía nada, ya era otro, ya no estaba en este puto mundo.
María no dijo nada cuando volvió a casa, hasta que vio la jeringuilla tirada en el suelo y mis ojos de astronauta. Musitó un suave ``Joder, tú también´´ y se metió en la cama. Esa noche no la toqué. Me daba noséqué.
``¿Por qué te has metido en ese rollo?´´, le pregunté al día siguiente. `` ¿A qué te refieres?´´ `` A lo de hacerme puta´´. Se enfadó. Me dijo que encima le pedía explicaciones, que si creía que era un plato de buen gusto para ella, que le resultaba repugnante, pero que de algún sitio tenía que sacar las pelas, que pasaba de vivir otra vez en la puta calle. Que le debería dar las gracias, porque yo estaba todo el día sin hacer nada y ella yéndose por ahí con tíos horribles por unos miserables talegos. ``Pero yo no quiero que hagas eso´´, le dije, inocentemente. `` ¿Ah, no? ¿Y qué prefieres? ¿Morirte de hambre tirado en un banco? Por lo menos con esto gano suficiente para que vivamos los dos, lo que no es poco. Dime, ¿qué es lo que prefieres?´´ Me quedé callado con el alma triste ronroneándome canciones sobre niños muertos. ``Tú no sabes lo que quieres´´ me dijo, al fin.
Prefiero morir vicioso y feliz a vivir limpio y aburrido. Prefiero encontrar una estrella en el fango a cuatro diamantes sobre un cristal. Prefiero que la estrella queme, sea fuego, a un tacto rezumante de frialdad. Prefiero besar el duro suelo veinte veces para llegar una sola vez a lo más alto a escalar poco a poco, sin caer nunca pero sin llegar jamás a la cima. Prefiero que me duela a que me traspase, que me haga daño a que me ignore. Prefiero sentir. Prefiero una noche oscura y bella, sucia y hermosa, a un montón de días claros que no me digan nada. Prefiero una cadena a un bozal. Prefiero quedarme en la cama todo el día pensando en mi vida a levantarme para pensar en la de otros. Prefiero un gato a un perro. Porque el gato te araña, es infiel, te ignora, se escapa, pero sabes que, a pesar de todo, no podría vivir sin ti. En cambio, el perro es tonto, no sabe nada, te obedece hasta el absurdo. Prefiero las mujeres gato a las mujeres perro, por las mismas razones.Prefiero el mar a la montaña. La vida es una noche tumbado en la playa, mirando las estrellas sin verlas, soñando despierto, dejando que la arena se cuele entre los dedos de mis pies, embriagado de todo. Y la noche, siempre la noche. Nunca a la luz del sol. La noche es mágica. Me hace vivir, no pensar. Me pone en movimiento. Rompe mis esquemas. Prefiero las noches frescas de verano, andar con poca ropa, sentarme en el suelo y meterme algo de vida en el cuerpo. La mañana me sabe a dolor de cabeza. Me da sueño. Me quita las ganas de hablar. Me recuerda que soy mortal. Me recuerda que soy normal. La noche me hace único. Prefiero el color de la sangre y el de la gris niebla que difumina las cosas. Si sabe que prefiero el frío cuero, ¿por qué se viste con el traje de terciopelo? Se me escurre entre los dedos... Prefiero experimentar las cosas, aunque me hagan mal. Aunque me hiervan la sangre. Prefiero probarlo todo a morirme sin saber lo que me gusta. Y, más que nada, prefiero la vida que dan sus besos de caramelo y la suave caricia de su piel caliente.
-Es cierto. Tienes razón. No sé lo que quiero. Me engaño a mí mismo. Quiero todo y nada. Lo justo. Me siento fuerte y siento miedo. Me da miedo sufrir. No quiero reír porque puedo llorar, no quiero vivir porque puedo morir…
-Lo que te pasa, -me dijo María, tan tranquila, tan severa- es que quieres tocar el cielo con la punta de los dedos sin que el sol te queme las alas. Pero eso es cosa de ángeles, no de vagabundos.
Una mirada melancólica derritió el hielo de sus ojos. María cogió mi cabeza entre sus manos. Me besó en la frente. Un beso tibio. Un beso de madre. Susurró algo que no entendí, que no quise entender, abrió la puerta y se marchó.
-Me llamo María. –Me dijo cuando iba a mojar sus labios en un café solo –Lo tomaré sin azúcar, claro. –Me sonrió – ¿Tú no tomas nada?
-Todo mi dinero está en la taza que sostienes. –Me ofreció su café, con un ligero gesto de culpa en la cara. Lo rechacé educadamente –No suelo tomar café. Me pone nervioso. Su sabor me recuerda a tardes de cielo nublado, y no aguanto los días sin sol… Además, siempre acabo derramándolo y manchándolo todo.
Báilame el agua. Úntame de amor y otras fragancias de tu jardín secreto. Riégame de especias que dejen mi vida impregnada de tu olor. Sácame de quicio. Llévame a pasear atado a una correa que apriete demasiado. Hazme sufrir. Aviva las ascuas. Ponme a secar como a un trapo mojado. No desates las cuerdas hasta que sea tarde, demasiado tarde. Sírveme un vaso de agua ardiente y bendita que me queme por dentro, que no sea tuya ni mía, que sea de todos. Líbrame de mi estigma. Llámame tonto. Sacrifica tu aureola. Perdóname. Olvida todo lo que haya podido decir hasta ahora. No me arrastres. No me asustes. Vete lejos. Pero no sueltes mi mano. Empecemos de nuevo. Sangra mi labio con sanguijuelas de colores. Fuma un cigarro por mí. Traga el humo. Arréglalo y que no vuelva a estropearse. No lo tragues. Échalo fuera. Crúzate conmigo en una autopista a cien por hora. Sueña retorcido. Sueña feliz, que yo me encargaré de tus enemigos. Dame la llave de tus oídos. Toca mis ojos abiertos. Nota la textura del calor. Hasta reventar. Sé yo mismo y no te arrepentirás. ¿Por cuánto te vendes? Regálame a tus ídolos. Yo te enviaré los míos. Píllate los dedos. Los lameré hasta que no sepan a miel, hasta que dejen de ser miel. Sal, niégalo todo y después vuelve. Te invito a un café. Caliente, claro. Y sin azúcar. Sin aliento.

Báilame el agua.
Úntame de amor y otras fragancias de su jardín secreto.
Riégame de especias que dejen mi vida impregnada de tu olor.
Sácame de quicio.
Llévame a pasear atado con una correa que apriete demasiado.
Hazme sufrir.
Aviva las ascuas.
Ponme a secar como un trapo mojado.
No desates las cuerdas hasta que sea tarde.
Sírveme un vaso de agua ardiente y bendita que me queme por dentro, que no sea tuya ni mía, que sea de todos.
Líbrame de mi estigma.
Llámame tonto.
Sacrifica tu aureola.
Perdóname.
Olvida todo lo que haya podido decir hasta ahora.
No me arrastres.
No me asustes.
Vete lejos.
Pero no sueltes mi mano.
Empecemos de nuevo.
Sangra mi labio con sanguijuelas de colores.
Fuma un cigarro para mí.
Traga el humo.
Arréglalo y que no vuelva a estropearse.
Échalo fuera.
Crúzate conmigo en una autopista a cien por hora.
Sueña retorcido.
Sueña feliz, que yo me encargaré de tus enemigos.
Dame la llave de tus oídos.
Toca mis ojos abiertos.
Nota la textura del calor.
Hasta reventar.
Sé yo mismo y no te arrepentirás.
¿Por cuánto te vendes? Regálame a tus ídolos.
Yo te enviaré a los míos.
Píllate los dedos.
Los lameré hasta que no sepan a miel.
Hasta que no dejen de ser miel.
Sal, niega todo y después vuelve.
Te invito a un café.
Caliente claro.
Y sin azucar. Sin aliento.