-¿Y los castigos?
-Nada de castigos. Ni uno.
-¿Y las normas?
-Nada de normas.
-¿Ninguna? Pero tú necesitas ciertas cosas.
-Te necesito más a ti, Anastasia. Estos últimos días han
sido infernales. Todos mis instintos me dicen que te deje marchar, que no te
merezco. Esas fotos que te hizo ese chico… Comprendo cómo te ve. Estás tan
guapa y se te ve tan relajada… No es que ahora no estés preciosa, pero estás
aquí sentada y veo tu dolor. Es duro saber que he sido yo quien te ha hecho sentir
así. Pero yo soy un hombre egoísta. Te deseé desde que apareciste en mi
despacho. Eres exquisita, sincera, cálida, fuerte, lista, seductoramente
inocente; la lista es infinita. Me tienes cautivado. Te deseo, e imaginar que
te posea otro es como si un cuchillo hurgara en mi alma oscura.
-Christian, ¿por qué piensas qué tienes un alma oscura? Yo
nunca lo diría. Triste quizá, pero eres un buen hombre. Lo noto… eres generoso,
eres amable, y nunca me has mentido. Y yo no lo he intentado realmente en
serio. El sábado pasado sufrí un shock terrible. Fue como si sonara la alarma y
despertara. Me di cuenta de que hasta entonces tú habías sido condescendiente
conmigo y de que yo no podía ser la persona que tú querías que fuera. Luego,
después de marcharme, caí en la cuenta de que el daño que me habías infligido
no era tan malo como el dolor de perderte. Yo quiero complacerte, pero es duro.
-Tú me complaces siempre. ¿Cuántas veces tengo que
decírtelo?
-Nunca sé que estás pensando. A veces te cierras tanto… como
una isla. Me intimidas. Por eso me callo. No sé de qué humor vas a estar. Pasas
del negro al blanco y de nuevo al negro en una fracción de segundo. Eso me
confunde, y no me dejas tocarte, y yo necesito tanto demostrarte cuánto te
quiero… Te quiero, Christian Grey. Y tú estás dispuesto a hacer todo esto por
mí. Soy yo quien no lo merece, y lo único que lamento es no poder hacer todas
esas cosas por ti. A lo mejor, con el tiempo… pero sí, acepto tu proposición.
¿Dónde firmo?
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