-Buenos días, Anastasia. ¿Cómo te encuentras?
-Mejor de lo que merezco. ¿Cómo he llegado hasta aquí?
-Después de que te desmayaras no quise poner en peligro la
tapicería de piel de mi coche llevándote a tu casa, así que te traje aquí.
-¿Me metiste tú en la cama?
-Sí.
-¿Volví a vomitar?
-No.
-¿Me quitaste la ropa?
-Sí.
-¿No habremos…?
-Anastasia, estabas casi en coma. La necrofilia no es lo
mío. Me gusta que mis mujeres estén conscientes y sean receptivas.
-Lo siento mucho.
-Fue una noche muy divertida. Tardaré en olvidarla.
-No tenías por qué seguirme la pista con algún artilugio a
lo James Bond que estés desarrollando para vendérselo al mejor postor.
-En primer lugar, la tecnología para localizar móviles está
en internet. En segundo lugar, mi empresa no invierte en ningún aparato de
vigilancia, ni los fabrica. Y en tercer lugar, si no hubiera ido a buscarte
seguramente te habrías despertado en la cama del fotógrafo y, si no recuerdo
mal, no estabas muy entusiasmada con sus métodos de cortejarte.
-¿De qué crónica medieval
te has escapado? Pareces un caballero andante.
-No lo creo, Anastasia. Un caballero oscuro, quizá. ¿Cenaste
ayer?
-No.
-Tienes que comer. Por eso te pusiste tan mal. De verdad, es
la primera norma cuando bebes.
-¿Vas a seguir riñéndome?
-¿Estoy riñéndote?
-Creo que sí.
-Tienes suerte de que solo te riña.
-¿Qué quieres decir?
-Bueno, si fueras mía, después del numerito que montaste
ayer no podrías sentarte en una semana. No cenaste, te emborrachaste y te
pusiste en peligro. No quiero ni pensar lo que podría haberte pasado.
-No me habría pasado nada. Estaba con Kate.
-¿Y el fotógrafo?
-José simplemente se pasó de la raya.
-Bueno, la próxima vez que se pase de la raya quizá alguien
debería enseñarle modales.
-Eres muy partidario de la disciplina.
-Oh, Anastasia, no sabes cuánto. Voy a ducharme. A no ser
que prefieras ducharte tú primero… Respira, Anastasia. En quince minutos
traerán el desayuno. Tienes que estar muerta de hambre.
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