Había pensado que un buen tiempo sin ti en mi vida
arreglaría las cosas y mi propio cuerpo me pediría verte. Porque te echaría de
menos. Porque sentiría que necesito un beso tuyo o un abrazo. Porque me
apetecería ir a almorzar juntos y reírnos de todo y de todos. Porque me
acordaría de tu persona y de las cosas que dices. Pero no… Me he dado cuenta (y
menos mal, porque ya era hora) de que no perteneces a mi vida. De que nunca has
pertenecido a ella, nunca. De que no puedo hacer nada, ya no, ya es demasiado
tarde. He luchado en una batalla como soldado en la que verdaderamente yo era
el premio que había que conseguir. He hecho tu papel, el papel de soldado era
el tuyo no el mío. Tú tenías que ganarte el premio y llegaste el último. No el
segundo, ni el tercero… el último. Creo que todavía no te has dado cuenta, ni
te darás.
No me siento mal, me siento a gusto conmigo misma. Porque me
he arriesgado y no me he equivocado. He tomado la decisión correcta. Y eso me
encanta, me encanta arriesgar y que todo me salga como yo esperaba. Por suerte,
en eso no me parezco a ti. No tienes ni idea de lo que es la palabra
``arriesgar´´. Estoy en plena etapa de descubrimiento, de descubrir facetas de
mí que no conocía, de descubrir lo que puedo llegar a hacer si me lo propongo.
La vida no es una mierda, no es fácil pero no es una mierda.
La vida no eres tú. La vida soy yo. Eso lo tengo clarísimo y tú deberías
enterarte ya. Ahora todo es mucho más fácil. La ansiedad ha desaparecido
(gracias a Dios), duermo por las noches, descanso y no me como la cabeza. Salgo
más, disfruto, y lo más importante… no lloro. A lo mejor la solución sería que
salieras de mi vida pero no durante un período de tiempo, sino para siempre.
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